Cuando yo era niña escuchaba
mucho la historia cantada de un hombre que transitaba senderos abruptos y se
tropezaba con un ángel; caminaba sobre sus pasos enfrentando sus fracasos y más
tarde se cobijaba con unos brazos de desprecios y deseos. Por más que mi
imaginación infantil intentaba pintar ese paisaje, no lo lograba; mis
pensamientos no podían darle forma a esos relatos. Más tarde, a mis oídos llegó
la historia de otro hombre que era la añoranza de un verso y que terminaba
condenado por las gotas de llanto de una mujer… ¿Cómo es eso? Era la pregunta
que siempre surgía ante las limitaciones de mi imaginación para dibujar las
imágenes.Existen rasgos característicos que identifican a los seres, canciones que se parecen a uno, libros que nos llenan el alma, cosas tan nuestras como la certeza de ser únicos e irrepetibles, tal cual nos creó Dios. Así son también las cosas que producimos y nuestros lugares de intimidad. Yo tengo un nicho que tiene todo de mí, mi olor, mi esencia, mi ser. Desde aquí los saludo.
Compositores: Patrimonio de mi esencia
Cuando yo era niña escuchaba
mucho la historia cantada de un hombre que transitaba senderos abruptos y se
tropezaba con un ángel; caminaba sobre sus pasos enfrentando sus fracasos y más
tarde se cobijaba con unos brazos de desprecios y deseos. Por más que mi
imaginación infantil intentaba pintar ese paisaje, no lo lograba; mis
pensamientos no podían darle forma a esos relatos. Más tarde, a mis oídos llegó
la historia de otro hombre que era la añoranza de un verso y que terminaba
condenado por las gotas de llanto de una mujer… ¿Cómo es eso? Era la pregunta
que siempre surgía ante las limitaciones de mi imaginación para dibujar las
imágenes.Un poeta en calma
Pronuncia la frase con un acento de nostalgia que se mantiene
presente en él durante toda esa mañana de
marzo, en la que una romería de recuerdos, tristes y alegres, llegan a visitarlo
en el patio de su casa en el barrio Las Gaviotas de Valledupar.
Tiene razones para estar confinado: Ya las parrandas
inolvidables se fueron, como también lo hizo el sosiego en las calles por las
que podía andar sin inquietudes distintas a las producidas por el nerviosismo
de ser bien recibido al llevar una serenata. “Me da temor. Yo leo todos los
días en la presa que ahora asaltan y lo hacen es disparando, entonces me da
como miedo salir a la calle”, dice Gustavo Gutiérrez Cabello, el hombre viajero
de sus cantos, que ahora los lleva por diversos rincones del mundo, convirtiéndose
esas giras en oportunidades de esparcimiento: “Los fines de semana como viajo
por distintas partes del país a cantar, me distraigo bastante, los viernes y
los sábados; llego los domingos y me quedo toda la semana aquí encerrado”, y
cuenta que decidió clausurar la entrada principal de su casa y reforzar la
seguridad en la puerta del balcón, después de ser víctima de atracos, que le
ratificaron la materialización de sus temores de antaño, cuando elevó para que
la violencia no llegara al Valle.
Ya no hay heridas en los cantos de ‘El flaco de Oro’
La tristeza
se fue. Los amplios trazos de melancolía que se anunciaban perpetuos en sus
cantos ya no están. Uno a uno los fue dejando a un ladito del camino largo, y
muchas veces agreste, que le ha tocado trasegar, en cuyo final ha encontrado
días serenos y placenteros.
“Soy un ser
simple, elemental, primario”. Así se describe Gustavo Gutiérrez Cabello, un
poeta excelso que con sus cantos traduce en palabras la inmensidad del paisaje
que vio desde su niñez y que marcó el sendero de sus creaciones, de lo que él
es.
“Y desde entonces yo soy romántico y soñador
porque no puedo cambiar la fuerza de mi expresión”, dijo en una tarde de sol.
No podía
cambiar porque de eso está hecho: De romance, sentimientos y nostalgias, de
añoranza, de poesía… No podía separarse de las cosas más hermosas, de las más
ligadas a su vida.
Un edén llamado Patillal
A medida que el carro avanzaba, la mujer experimentaba una
sensación inexplicable, como de sosiego, de paz. “Qué bueno… Se siente más
fresco el ambiente y hay brisa”, expresó, mientras se recostaba en el espaldar
de la silla y dejaba que su mirada se perdiera en el horizonte, que se le antojaba
muy distinto y distante al de Valledupar, pese a la cercanía entre ambos
lugares.
No era la primera vez visitaba a este paraje, pero se extasiaba
como si nunca hubiera visto la lomita de piedras atravesada por la carretera
antes de llegar, el arroyo de La Malena, el puentecito pueblerino, las calles
bucólicas que la embelesan siempre y le despiertan un raudal de interrogantes,
siendo el más fuerte de ellos: “¿Qué es lo que tiene este lugar que me embruja
de esta manera?”.
A fuerza de patadas se abrió paso en el mundo
Quiero compartir con ustedes este texto. Lo escribí para Vanguardia Valledupar; fue publicado el año pasado...
"Gracias a este deporte soy lo que soy,
He conocido muchos países, que no todas las personas tienen el privilegio de conocer.
Además, el deporte lo aleja a uno de las cosas malas”:
Oscar Muñoz.
Es un día normal. No hay
estudio y los compromisos deportivos le han dado un break al campeón, pero él
no da para quedarse en casa viendo televisión o jugando boliche como podría
hacerlo cualquier muchacho de su edad. Se levanta temprano y va al encuentro de
una camada de pequeños que tienen sueños gigantes como el que hoy protagoniza él.
En este día...
Yo nací en el bosque verde y exuberante de un país en
cuyo nombre subyacen las significaciones de una paz que hoy se ha ido, que
regresa de tiempo en tiempo y se materializa en palabras de los viejos de mi
tierra, quienes cuentan historias de épocas apacibles en las selvas - como la
mía, allá en el suroccidente colombiano- y también en los poblados plenos y
también en proceso de emancipación.¿Ya se percató?... ¡Al Cesar se lo está tragando el desierto!
Cuánta razón tenía Julio Oñate Martínez cuando hace treinta años escribió su profecía. Ya Pedro Castro lo había vaticinado también, pero las predicciones fueron pasadas por alto
y eso ¡cuánto daño te ha hecho, Cesar!
Basta con abrir la ventana y observar que el paisaje de ha ido, al igual que muchos pájaros que en tiempos remotos del valle del Cesar alegraban en despertar de las gentes.Ya no están los pastos verdes y el color de la vegetación se ha cambiado por un tono amarillento que viaja con la brisa desde La Guajira y se posiciona en lo que antes eran los bosques de caracolí.
Muchas musas, pocos amores
que se decida quererme a mi
quiero vivir de nuevo en La Guajira
lo más contento, lo más feliz…
Si es necesario voy al Surimena
me acerco a Roche, a Manantial
llego a Hatonuevo me subo a la sierra
hasta Angostura voy a llegar
creo que Las Pavas con su clima frío
me tiene reservada una linda mujer
tiene Barrancas un bello caserío
donde viven mujeres que se puede ver.
Si por allá no consigo
en la tierra ‘e Lagunita
me voy a Campo Florido
a San Pedro y Saraita”
La búsqueda de Leandro Díaz terminó en San Diego, a mitad del siglo pasado, cuando él pasaba de sus 25 años y había protagonizado profusos episodios de amores no correspondidos y lamentos cantados.
No fue una barranquera, una de Papayal, una hatonuevera o una Oreganal; no. Tampoco fue Matildelina, Josefa Guerra, Raquelina, Cecilia, ni mucho menos una ‘Gordita’.
El tratadista del alma
Leandro Díaz.
Que los poetas contemporáneos se desborden en adjetivos hacia Leandro Díaz no es producto de galantería sino la exteriorización de la gratitud que guardan en sus seres conscientes, debido a la grande influencia que de él hay en ellos, por haber sido un referente en el que todos se apoyaron para robustecer sus creaciones líricas.
“Es el genio más grande que tiene el vallenato”, dice Sergio Moya Molina, mientras Beto Murgas lo secunda expresando: “Como dijo alguien una vez, él es el Homero del vallenato”. Seguidamente Julio Oñate Martínez acota “para mí es uno de los casos muy específicos del vallenato, el compositor que antes de cantar, piensa”. Rosendo Romero toma la palabra para decir que “Leandro Díaz es el mejor tratadista del alma en la composición vallenata”.
Un juglar en primavera
"Está brisando”.
Pronunció la frase y con un suspiro profundo se recostó sobre el espaldar del sofá, mientras la brisa de abril le acariciaba sutilmente el rostro.
Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y una sonrisa casi imperceptible dibujada en el rostro, embebido en un silencio que sólo era interrumpido por la danza de las hojas de los frondosos árboles de mango que espontáneamente soltaban frutos que se golpeaban al caer al pavimento.
-Le gusta mucho la naturaleza, ¿verdad?
Nichos de la guerra
El paisaje que se divisa en el horizonte enternece a los hombres que bajan de sus hamacas con un frío empotrado en los tuétanos y olor a café caliente metido en su subconsciente.
Allá arriba, a dos mil doscientos metros de altura sobre el nivel del mar, experimentan una sensación espiritual que desecha las palabras y los mantiene en un silencio místico, quizás infundido por el quehacer los trepó en lo alto de la montaña.
Tierra de música y leyendas…
…Y así, a travesando cordilleras llegué hasta aquí, y me atrapó la magia de este lugar, y me embelesó el encanto de esta tierra de música y leyendas.
Era de madrugada ese día. Desperté y quedé extasiada con un valle inmenso, en cuyo final se pintaba el paisaje celestial con acentos amarillos y anaranjados. En el pasacintas del vehículo, un hombre invitaba a una mujer a “llenar de cariño los amaneceres del Valle”; entendí entonces que los versos de los poetas de aquí van más allá de una literal descripción bucólica de su entorno; supe que sus obras son la biografía de los sentimientos no solo de ellos sino de toda una cultura, una cultura sinigual.
La Navidad y el sentimiento de un poeta
El viejo reloj de pared marcó las cuatro de la tarde y la cordillera comenzó a untarse de un silencio místico que penetró hasta lo más íntimo del ser del poeta, quien no pudo soportar esa sensación espantosa y tomó la decisión.“Vea tío, yo me voy. Yo no voy a pasar acá la nochebuena”
“¿Te vas Chendo?”, preguntó incrédulo el tío Luis Ramón.
“Sí tío, me voy”, confirmó el poeta.
Alistó su mochila, cortó cañas, empacó su cobija, se encintó el machete y cogió camino hacia el plan, perseguido de cerca por aquel silencio que hacía más denso el aire que le llegaba a los pulmones. “Ese es un silencio muy fuerte, aterrador, es un silencio de soledad”, describe el poeta.
Conjuran el dolor del conflicto, entonando un canto a la vida
“Hay un momento en que la música nos llama y nos dice que sigamos adelante,
y también nuestros muertos nos impulsan”:
Lubis De la Ossa.
En común tienen su talento para crear e interpretar magistrales obras del vallenato, tramos largos de sus vidas dedicadas a este folclor, y un amor ilimitado por la música, entorno en el que se desenvolvían felices y en paz.
Pero ese mundo de versos y melodías fue permeado por el conflicto armado, de modo que los espacios que antes eran exclusivos de poesías y creaciones armoniosas pasaron a ser teatro de lágrimas, sepelios y duelos inacabados.
En ese contexto volvieron a encontrarse y compartieron su nueva condición de artistas víctimas de la violencia. Entonces decidieron convertir esa circunstancia en un motivo para luchar, para aquietar los gritos de sufrimiento e impotencia y encontrar un espacio para cantarle a la vida.
Kaleth Morales, un recuerdo y un legado.
A lo lejos, el joven escuchó una melodía que impregnó su contexto esa mañana y se alojó en sus recuerdos. El aire lluvioso transportaba el anhelo de un hombre enamorado: “Yo no quiero envejecer y si estas conmigo le gano a los años, me llenas de juventud con solo mirar tu carita inocente. Asegúrame Jesús que después de mí no habrá otro que la bese y te prometo que siempre voy a quererla hasta el día de mi muerte…”. http://www.facebook.com/mrmosquera#!/notes/color-de-colombia/kaleth-morales-un-recuerdo-y-un-legado-hoy-seis-a%C3%B1os-en-el-limbo-por-su-muerte/10150346426728829
¡Y yo estaba ahí…!
El acordeón solitario y cansado invadía con sus notas todo el recinto, acompañando la voz añosa de un campesino que lanzaba un pregón triste. “Me da tristeza, hasta ganas de llorar por la violencia que nos está consumiendo, sólo mi Dios nos puede ayudar…”. Y seguía cantando el suplicio de una comunidad entera que sufrió, y sigue sufriendo, como muchas otras, las consecuencias de una guerra ajena.
¡Ella es 'la más!
La conocí en el inicio de mis días. Se veía radiante en sus treinta y tantos, acariciando con ternura su panza, transmitiendo sus primeras ondas amorosas a la vida incipiente que crecía dentro de ella.
Era la séptima vez que germinaba en su interior la semilla de la vida; sin embargo, experimentaba sensaciones inéditas cada vez, se emocionaba y se apoderaba de ella una ansiedad feliz que ni siquiera las reminiscencias de los dolores de parto lograban eclipsar.
Un canto triste se oye…
“Nadie sabe lo que llevo dentro. En la Biblia quedó un salmo abierto, que un día me leyó; y un adiós me quedó de su voz, silencio; las campanas el cielo escucho, dolido. Fue a la cita sagrada con Dios. Fue cierto. Se acabo el camino…”.
Se oye un acordeón a lo lejos y una voz que canta una poesía lastimera. Hay mucho dolor en esa historia. Es la descripción de un padecimiento mortal. Desasosiego, tribulación e impotencia hay en esa letra.
Los adioses son algo ‘inherente’ a los seres humanos, pero la despedida a la que se hace referencia en este canto va mucho más allá, traspasa las barreras de la nostalgia por la ausencia y hace pensar en heridas, en duelos, en luto.
Los olores de mi infancia
Ahí vienen otra vez los olores de mi infancia.
Han sido persistentes durante estos días. Se hacen presentes en mis noches de insomnio y en mis días de sol y me obligan sucumbir bajo el peso de las evocaciones: La leche klim con cola granulada de mis cinco años, el trigo cocinado de mis siete, los chontaduros de toda mi niñez; ah… los tapaos de chere y el quícharo pizao de los días de monte y las cucas y panochas en los ‘días de pueblo’.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







