Relato de aquel abril en que Rafa Manjarrez padeció una terrible ausencia sentimental

“Que si el mango está en la plaza igual/que si el maestro Escalona asistió/si bajó Toño Salas de El Plan/¿qué pasó?/que aquí estoy, pero mi alma está allá”. No tenía cómo saberlo, porque le tocó quedarse en la fría capital, mientras en Valledupar todo se movía al compás de acordeones, cajas y guacharacas en las tarimas; de canciones que se estrenaban; de contiendas de verseadores enfrentados en piqueria; del disfrute y asombro de visitantes; de parrandas con sancocho de rabo en los patios tradicionales.
Esa tarde de 1977. El muchacho pudo experimentar la angustia provocada por la inmodificable verdad de tener que vivir de lejos es Festival Vallenato. No quería ver ni hablar con nadie; sólo se encerró y, en la soledad de su habitación, dejó fluir toda la tristeza que se había apoderado de él. “Encerrado, temblando escribí una letra/que detalla mi tristeza/mi ausencia sentimental”.

El poeta soberano de la Canción Vallenata Inédita

Coraje fue lo que sintió Santander Durán Escalona ese día, cuando pasó por la plaza del pueblo y vio a tantos indígenas arhuacos tirados en los sardineles, ebrios de chirrinchi, despojados de sus mochilas, poporos, tutusumas y, en sí, de su esencia ancestral. “Sentí rabia contra nuestra gente por desconocer un patrimonio cultural tan valioso”.
Tenía razón. Los ‘blancos’ sacaban a los indígenas de su entorno, los emborrachaban, les robaban sus elementos sagrados y los exhibían ante los ‘cachacos’ como artículos de feria, hecho que evidenciaba un desconocimiento absoluto del tesoro cultural que bajada de la Sierra Nevada.

Verseadores: De las diatribas a los abrazos

El muchacho no se veía muy bien. Sus versos salían con dificultad y se los lanzaba con rabia a su contendor que permanecía inmutable con una sonrisa socarrona y un modo de bailar que parecía exasperarlo más; eso lo notaba el público que esa tarde estaba ahí y que fue testigo de cómo en al final de la contienda, el muchacho fue apabullado por su adversario; con la mirada hacia el suelo se despidió de mano del jurado.

Ella es un canto a la vida y a la música redentora

Ella es madre de muchos hijos que no parió, es inspiración que impulsa a los que sufren, es símbolo de resiliencia, esperanza que redime los dolores de la guerra. Ella es un canto a la vida.
Ella emergió en un entorno bucólico y fiestero que más tarde se manifestó en la esencia de su ser. Fue en Sincelejo, Sucre, donde tuvo lugar su nacimiento. Ahí estaba el hogar de don Julio, un reconocido juglar sabanero que interpretaba el acordeón como ninguno, y una mujer de ascendencia antioqueña que amaba la sabana, quienes tuvieron hijos, una de las cuales bautizaron como Lubys Elvira de la Ossa Ochoa, nombre que a través del tiempo fue sufriendo una mutación gramatical hasta quedar convertido en Ludys. Ahí creció la niña, entre tamboras, porros, cumbias, colegio y familia, y que un día sorprendió a su papá con la noticia de ser la ganadora de un programa de ‘nuevos talentos de la canción’, cuando él no tenía ni remota idea de que ella tuviera andanzas musicales, ya que estaban prohibidas en la familia.

“Mi ansiedad es que la gente diga: Al fin salió algo bueno”: Peter Manjarrés

Si Peter Manjarrés no está hoy comiéndose las uñas, desvelado y sin poder pasar bocado es porque “yo soy una persona muy aterrizada. He sido siempre muy equilibrado. Creo que por eso que me dicen ‘El Caballero’, porque soy muy creyente en Dios y nunca he creído en la fama”. De lo contrario, hubiera tenido que sortear los altos niveles de ansiedad ante la magnitud de lo que hoy está presentando al mundo: Sólo Clásicos Vol.2, que además tiene un apellido grande: ‘Cuatro Décadas’.

“Más pudo mi libertad poética que un matrimonio”: Rita Fernández Padilla

Ella nació el día del solsticio de verano, cuando sol alcanza su más alta posición en relación con la tierra, en una casa cerca al mar, y se convirtió - al crecer - en una “amante de la naturaleza, de los seres sensibles, nobles y generosos. En una enamorada de la paz interior”, complementos vitales que encontró en la poesía, la música y la libertad.

La parranda vallenata como un ritual de amistad

“El de las carcajadas era el viejo Poncho Cotes, riéndose de un cuento que contaba Andrés Becerra y que decía poesías toda la noche. Hablaban de amores y de penas”[i]. El verso de Poncho Cotes Maya habla de cuentos que hacían reír, de poesía, de evocaciones de amores, de nostalgias provocadas por las penas; pero sobretodo habla de amistad y cofradía; todos estos, elementos constitutivos imprescindibles en una parranda vallenata.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la palabra Parranda como “Cuadrilla de músicos o aficionados que salen de noche tocando instrumentos de música o cantando para divertirse”[ii]. Y sí, pasar un rato agradable es un objetivo lógico; no obstante, al trasladar este término a la comarca del vallenato, sus connotaciones toman otras dimensiones que trascienden el entretenimiento y se instala en regiones del espíritu, en aquello que sólo puede entenderse, digerirse, leerse, sentirse, en los territorios del alma.

En La Guajira, “el agua es melancolía, sólo la aridez perdura”

Había intimidad, confianza, música, trago, comida, alegría y lamentos exorcizados. Era uno de esos reencuentros de amigos que hace tiempo no se ven y que se confiesan entrañables a medida que avanzan los abrazos y se actualizan en las novedades de sus vidas. Al paso de las horas, uno a uno fueron despidiéndose, vencidos por el sueño o las demandas del tiempo familiar, y sólo quedaron tres, que se entregaron a la madrugada sin prisa, para renovar la esencia de su afecto añejo; ese era su momento y se apropiaron de él para invertirlo en la amistad. Uno de ellos sacó de su billetera una memoria en forma de tarjeta, la instaló en el equipo de sonido y se embebieron los tres en el deleite de las añoranzas traídas por las canciones de su pasado.

Poema triste a las prostitutas del mundo

En el punto justo donde el día besa la noche, ella hacía su aparición envuelta en colores refulgentes, cuyos destellos dejaban ver su alma virgen de afecto, colmada de amores sin nombres, fugaces y baratos. Él, un ser impúber, se moría de las ganas de descifrar ese gesto sugerente que le hacía la mujer al verlo pasar sin destino hacia la finca de su padre, con la única tarea de verla ondear la mano diciéndole adiós, desde un raudal de coloridas damiselas.
“Eran muchas mujeres, pero había una en particular; era cachaca y me hacía señas desde lejos cuando yo pasaba”.

Diario de un pescador

Rodrigo abre los ojos y se sienta en su lecho. A tientas, calza las chanclas que ha dejado a los pies de la cama; iluminado por la lámpara de la esquina, cruza la cocina y sale al patio trasero de la vivienda, donde entra en un cuartico sin techo, con pareces de tablas y un tanque lleno de agua. Suelta despacio el agua con una vasija plástica y la siente deslizarse desde su cabeza y recorrerle el cuerpo, mientras desde patios lejanos le llegan cantos de gallos y mugidos de la noche que se va. Es increíble la frescura que se siente a esa hora en Chimichagua, comparada con los 38 grados, y a veces más, que por lo general soporta en sus faenas de pesca. De regreso al cuarto, pasa de nuevo por la cocina y un olor a café recién colado se le mete por la nariz y lo invade por dentro; se detiene un momento, cierra los ojos, inhala con fuerza y retiene por unos segundos el aire aromático en sus pulmones; es como si quisiera consumir el café sin beberlo.

Manos que tejen esperanza y tradición

Las manos laboriosas sujetan el tejido con los dedos medio, anular y meñique. Pulgar e índice de la mano derecha manipulan la aguja, mientras los de la mano izquierda hacen maniobras ágiles con el hijo; lo extienden y enrollas con una habilidad que embelesa.
Hace calor en la avenida Primera de Riohacha. Edeisuana Epiayú está ubicada debajo de un Roble, que le proporciona su sombra para mitigar las altas inclemencias del sol, al tiempo que le sirve de teatro de creaciones y comercialización de su arte ancestral. Viste una manta rosada con acabados de hilos diversos, accesorios artesanales, una mochila pequeña cruzada y una pañoleta hecha a mano. Al lado tiene decenas de mochilas, pañoletas, pulseras, llaveros y otras manualidades que la identifican como auténtica wayúu, representante de la casta Epiayú, del resguardo Mañatú, en Aremasaín, en la Alta Guajira.

Lento de prisa, una canción necesaria

De lo necesario dice al Real Academia de la Lengua dice “que es menester indispensablemente o hace falta para un fin”. Se define también como “aquello que debe ocurrir, hacerse, existir o tenerse para la existencia, la actividad o el correcto estado o funcionamiento de alguien o algo”. De los que la han escuchado, hay quienes aseguran que ‘Lento deprisa’ es una canción necesaria para hidratar el alma en medio del convulsionado mundo de la intolerancia, el egoísmo y el desapego por las tradiciones, el territorio.

¿Qué era lo que tenía kaleth Morales que lo hizo convertirse en un referente?

Irrumpió en el universo musical con un estilo distinto, colonizó con su fraseo, sus versos, su ritmo y su puesta en escena a toda una generación que pronto lo entronizó como su ídolo; logró entrar por la puerta grande a espacios antes vedados para el vallenato, pasó a la historia con el título de rey, inigualable, único, inmortal... ¿Qué era lo que tenía Kaleth Morales que lo hizo convertirse en un referente?

El doble orgullo de ser un López de La Paz



Se subió al tronco seco del almendro, cerró los ojos y abrió los brazos, inhalando con fuerza el aire del patio en la casona en la que están sembradas las profundas raíces de su estirpe y los relatos añejos de bienaventuranzas y cuitas del pueblo que lo vio nacer, crecer y hacerse un hombre de dinastía.
-“Aquí iniciaba siempre la parranda. Mi abuelo se sentaba a la sombra del almendro con el acordeón y acá empezaba a llegar la gente”. Eran historias que le había contado Miguel López, su papá, y que esa mañana se precipitaban a su memoria como la manifestación de una sed imperiosa por conocer más sobre sus raíces sanguíneas, musicales y territoriales, sobre aquello que motiva al mundo a fijar la mirada en su pueblo.
Así lo encontró Efraín Gutiérrez, un primo hermano mayor que acudió en respuesta de sus inquietudes. “¡Román, cuanto gusto!”, le dijo, antes de estrecharse en un abrazo y adentrarse en la historia de La Casona, una vivienda de arquitectura antigua, sobre ‘La Calle de la alegría’, con amplios dormitorios y un patio enorme que limita en sus extremos con las calles adyacentes, al nororiente del pueblo.

Tres días en el corazón del vallenato



Investigadores de todo el país nos guiarán desde hoy y hasta el sábado en un maravilloso viaje al corazón del vallenato, teniendo como epicentro a Isaac Tijito Carrillo, compositor sanjuanero, creador de obras excelsas como ‘La Cañaguatera’, ‘La Guayabalera’, ‘De flor en flor’, ‘Lejanía’ y otras que están sembradas en el corazón del mundo musical del país. 

La Junta, un pueblo redimido del anonimato



“La junta es un bello pueblo donde nació Diomedes
donde todo el mundo lo quiere y lo aclaman cuando llega”
Diomedes Díaz


¿Y usted cuando va a cerrar este duelo?

“Ay hija. A mí esta tristeza nunca se me va a calmar. Es que yo nunca me voy a olvidar a él”.
El rostro de Chabelita denota una tristeza de muchos días. Es una mujer fuerte y añosa, cuyos ojos se humedecen al evocar al que considera su amigo por siempre, su hijo, su hermano, su familiar; su ídolo ausente.
“Yo no creía cuando decían que se había muerto. De pronto se oyeron los sollozos. Escuché el requiebro de Ocha y la vecina le dijo a la hija mía: Ve Beatriz Elena, que se murió Diomedes… La Junta se puso triste como usted no cree. Apagaron la música y nadie la volvió a prender”.

Rosendo Romero - Traductor del sentir universal

“Ese que escribe versos
repletos de verano
estando en primavera
ese soy yo”
Rosendo Romero.


Al atravesar el puente se asomó por la ventana del carro y se conmovió por el paisaje: El río es un playón con monte que crece entre las piedras de la orilla y una ‘lágrima’ que le corre por el centro. Suspiró y dijo: “Voy a hacerle una canción al río, porque me dio mucho cuando yo era niño”.
Estuvo melancólico el resto del trayecto que lo llevaba al entorno de su infancia, donde se encontraría con amigos, compadres, recuerdos alegres y también con todas las transformaciones que el paso de los años, el peso de la violencia y las desidias del hombre le han causado a su mundo.
Miraba a lado y lado de la carretera y extrañaba los cultivos de antaño, los de antes de los químicos de la bonanza algodonera y de que llegara el conflicto armado a imponer un nuevo orden social y a cosechar los frutos de todo aquello que los agricultores sembraban. “A esto le decían El valle de los conejos”, comentaba y hacía referencia a un pájaro llamado La Flotica, que volaban formando nubes, ante la mirada embelesada de los niños. “Es muy verraco seguir con esta guerra que no sirve para nada”… Guardó silencio hasta que entró en el pueblo y alguien desde una bicicleta en movimiento le gritó:

Compositores: Patrimonio de mi esencia

Cuando yo era niña escuchaba mucho la historia cantada de un hombre que transitaba senderos abruptos y se tropezaba con un ángel; caminaba sobre sus pasos enfrentando sus fracasos y más tarde se cobijaba con unos brazos de desprecios y deseos. Por más que mi imaginación infantil intentaba pintar ese paisaje, no lo lograba; mis pensamientos no podían darle forma a esos relatos. Más tarde, a mis oídos llegó la historia de otro hombre que era la añoranza de un verso y que terminaba condenado por las gotas de llanto de una mujer… ¿Cómo es eso? Era la pregunta que siempre surgía ante las limitaciones de mi imaginación para dibujar las imágenes.

Un poeta en calma



“Ya casi no salgo. A veces voy por raticos a la plaza en las tardes”.
Pronuncia la frase con un acento de nostalgia que se mantiene presente en él durante toda esa mañana  de marzo, en la que una romería de recuerdos, tristes y alegres, llegan a visitarlo en el patio de su casa en el barrio Las Gaviotas de Valledupar.

Tiene razones para estar confinado: Ya las parrandas inolvidables se fueron, como también lo hizo el sosiego en las calles por las que podía andar sin inquietudes distintas a las producidas por el nerviosismo de ser bien recibido al llevar una serenata. “Me da temor. Yo leo todos los días en la presa que ahora asaltan y lo hacen es disparando, entonces me da como miedo salir a la calle”, dice Gustavo Gutiérrez Cabello, el hombre viajero de sus cantos, que ahora los lleva por diversos rincones del mundo, convirtiéndose esas giras en oportunidades de esparcimiento: “Los fines de semana como viajo por distintas partes del país a cantar, me distraigo bastante, los viernes y los sábados; llego los domingos y me quedo toda la semana aquí encerrado”, y cuenta que decidió clausurar la entrada principal de su casa y reforzar la seguridad en la puerta del balcón, después de ser víctima de atracos, que le ratificaron la materialización de sus temores de antaño, cuando elevó para que la violencia no llegara al Valle.  

Ya no hay heridas en los cantos de ‘El flaco de Oro’



La tristeza se fue. Los amplios trazos de melancolía que se anunciaban perpetuos en sus cantos ya no están. Uno a uno los fue dejando a un ladito del camino largo, y muchas veces agreste, que le ha tocado trasegar, en cuyo final ha encontrado días serenos y placenteros.
“Soy un ser simple, elemental, primario”. Así se describe Gustavo Gutiérrez Cabello, un poeta excelso que con sus cantos traduce en palabras la inmensidad del paisaje que vio desde su niñez y que marcó el sendero de sus creaciones, de lo que él es.
“Y desde entonces yo soy romántico y soñador porque no puedo cambiar la fuerza de mi expresión”, dijo en una tarde de sol.
No podía cambiar porque de eso está hecho: De romance, sentimientos y nostalgias, de añoranza, de poesía… No podía separarse de las cosas más hermosas, de las más ligadas a su vida.